“Todo lo que se escucha es muy difícil de procesar”

LA TRAGEDIA DE LOS VACA NARVAJA

VACA-NARVAJA-colorHernán Vaca Narvaja es nieto de desaparecido e hijo de uno de los jóvenes que fusilaron simulando un intento de fuga de una cárcel cordobesa.

Hoy, mientras se ventila el juicio a 31 represores, entre ellos el ex dictador Jorge Rafael Videla y ex jefe del Tercer Cuerpo del Ejército Luciano Benjamín Menéndez, Hernán comparte la misma sala con el hombre que mató a su padre. En diálogo con Otro Punto el periodista y director de la Revista El Sur compartió parte de su historia y la tragedia que padeció su familia.

-¿Cómo era la familia Vaca Narvaja cuando comenzó a vivir su tragedia?
-Mi abuelo, Miguel Hugo, y mi abuela Susana Yofré, tuvieron doce hijos. Estos doce hijos en su mayoría se casaron y tuvieron un promedio de dos o tres hijos por matrimonio, que somos nosotros. Era una familia tradicional y radical. Mi bisabuelo fue muy amigo y uno de los hombres cercanos a Hipólito Irigoyen y mi abuelo fue colaborador y ministro de Gobierno del gobernador Zanichelli, fue dos veces presidente del Banco de Córdoba y fue el último ministro del Interior del presidente Arturo Frondizi hasta el golpe palaciego que sufrió. Los Vaca Narvaja vienen de una familia de raigambre radical, una familia muy tradicional de Córdoba tanto por mi abuelo como por mi abuela que es de apellido Yofré.
-¿Cuándo comienzan a vivir la pesadilla de la dictadura?
-Todo empezó antes del golpe militar del ’76. Fernando Vaca Narvaja, hermano de mi padre, tenía una actuación importante en Montoneros.
-¿Era el único militante de la familia?
-Era el único que estaba en la cúpula militar de Montoneros, pero no el único militante político. De hecho, mi papá militaba en el brazo político de Montoneros que era el Partido Auténtico. No en la parte de la guerrilla sino en la política. Además fue funcionario del gobierno de Obregón Cano en Córdoba. Fue procurador del tesoro y tenía una militancia política muy activa dentro del peronismo. Otros de sus hermanos también militaban en grupos de izquierda. En eso mi abuelo era muy pluralista, pero no sólo en el dicho sino también en los hechos.
Me imagino esas mesas familiares y las discusiones deben haber sido realmente apasionantes. Mi abuelo era un hombre muy instruido, muy lector y les daba a los chicos esta posibilidad de formarse respetando sus decisiones. Pero en esa época el más conocido era mi tío Fernando que en el ’73 se había fugado de la prisión de Trelew. Esa famosa fuga con Santucho y los otros líderes guerrilleros. Allí la familia sufre el primer golpe porque una de las masacradas fue la mujer de Fernando.
-¿A su papá cuándo lo detienen?
-hernen-y-papMi papá cae preso en noviembre del ’75. Tuvo una actuación importante cuando derrocan a Obregón Cano porque él presentó un recurso judicial y se enfrenta con el comisario Navarro y los golpistas. Después, derrocado Obregón Cano, defendía a presos políticos que estaban en el Partido Auténtico. El día de su secuestro en las escalinatas de Tribunales intentaron desaparecerlo. Pero un periodista que estaba en el lugar lo ve y mi papá levanta las manos mostrándole que estaba esposado y le grita su nombre. El periodista lo conoce, le avisa a mi abuelo quien utiliza todos sus contactos, mueve cielo y tierra y logra que no lo hagan desaparecer sino que lo blanqueen y pasa a ser preso dependiente del Poder Ejecutivo Nacional.
-De allí el juicio que se está desarrollando en Córdoba.
-Exactamente. Lo que se juzga en este juicio es el crimen de los presos registrados, en blanco, por eso esta Jorge Videla en el banquillo, porque era la máxima autoridad del Poder Ejecutivo Nacional y era el responsable. Papá era un preso blanqueado, con causa abierta.
-Una vez que lo pusieron preso a su papá ¿qué pasó con su abuelo?
-En noviembre del ’75 ponen preso a mi papá. El 10 de marzo del ’76 llegan dos Falcón a la casa de mi abuelo en Villa Warcalde, y en presencia de mi abuela y de su hijo más chico, Gonzalo (16), tiran la puerta abajo, irrumpen en la vivienda, hacen destrozos, roban un montón de cosas y se llevan a mi abuelo en el baúl de uno de los autos. Esa fue la última imagen que tuvimos de mi abuelo en vida. Nunca más supimos nada. Sólo una versión de una cabeza que alguien vio tirada y que tendría la fisonomía de él, pero se lo tragó la tierra. Está desaparecido.
-Por esos días ustedes debieron abandonar el país.
-El 24 de marzo vino el golpe de Estado. Hasta esa fecha nosotros podíamos visitar a mi viejo. Los presos no estaban incomunicados. Mi papá les pide al hermano y a mi mamá que salgamos del país porque sabía que se venía una represión muy fuerte. Nosotros viajamos a Buenos Aires, estuvimos algunos días dispersos, hasta que el 23 de marzo, en un “operativo” familiar fuimos entrando en distintos grupos al Consulado de Méjico en Buenos Aires. Eramos 26 Vaca Narvaja entre grandes y chicos. Mi tío plantó bandera y dijo de acá no nos vamos hasta que nos den asilo político. El golpe nos encontró en la embajada del Consulado y después nos fuimos a la casa del embajador en Buenos Aires, vivimos todo el grupo familiar en un altillo hasta que nos salió el salvo conducto y nos fuimos todos a Méjico. Salvamos nuestras vidas por haber entrado el 23, porque por el nivel de ensañamiento demostrado contra los Vaca Narvaja hoy estaríamos todos muertos.
-¿Cómo fue la cuestión económica y operativa de tener que dejar un país, una casa, los muebles de un día para el otro?
-VACA-NARVAJA-2-COLORNosotros nos fuimos con lo puesto porque no podíamos despertar sospechas al ingreso de la embajada. Si veían una familia con valijas lo primero que iban a hacer era no dejarnos entrar. Mi abuela mal vendió su casa en Villa Walcarde, y llegamos a Méjico sin nada. Mi mamá se puso a vender perfumes. Poco a poco, con la solidaridad de los mejicanos, los adultos se fueron ubicando. Nosotros fuimos becados Alfredo de Breuil tiene ahora 60 años. En el juicio contó los últimos momentos de la vida de Gustavo de Breuil, su hermano menor; de Higinio Toranzo, un militante del PJ, y de Miguel Hugo Vaca Narvaja: padre de Hernán y hermano de la ex diputada y designada embajador en México Patricia Vaca Narvaja, y de Fernando, uno de los líderes de Montoneros.
Alfredo le debe su vida a un juego perverso: los fusiladores arrojaron una moneda al aire para ver a cuál de los hermanos dejaban vivo. ¿La idea? Que volviera a la cárcel y les contara a los presos políticos lo que les sucedería.
Padre-estudioOcurrió el 12 de agosto de 1976: “Nos sacaron de la penitenciaría (la UP1) en dos autos, esposados, amordazados y atados los pies (…). Cuando llegamos al lugar -estima que es un sitio cercano al actual estadio del Chateau Carreras- a mí no me bajan. Sí a los otros ... Se sienten infinidad de disparos ... El “Capitán” (según la acusación sería el entonces teniente primero Osvaldo Quiroga) dice que los desaten, y recojan las vainas. Alguien me desata los pies, me bajan. Uno que parecía estar muy nervioso, me toma del brazo y me dice que me va a sacar la venda y la mordaza. Que no diga nada. Que siempre mirara hacia abajo. Lo primero que veo es el cuerpo de Vaca Narvaja.
Después el de Toranzo, y por último el de mi hermano Gustavo … Todos estaban boca arriba”.
De la escena y el momento del crimen puede dar fe del nombre de otro de los imputados: Francisco Pablo D´Aloia, a quien uno de sus subordinados nombró preguntándole si jugaría al fútbol ese fin de semana. “Imbécil ¿no ves que acá tenemos terroristas subversivos?”, reprendió, el hoy imputado, furioso de que lo hayan identificado.
De Breuil recordó que “antes de que nos trasladaran, el que llamaban Capitán habló mucho. Nos dijo que era “un mal día” para nosotros y dijo cosas muy feas del padre de Vaca Narvaja . Recuerdo que él lo defendió con una enorme dignidad”.
Miguel Hugo Vaca Narvaja tenía sólo 35 años cuando lo detuvieron en la escalinata de los tribunales de Córdoba cuando había concurrido a defender a un preso político. Había ocupado un cargo en el gobierno de Ricardo Obregón Cano y era papá de tres hijos: Miguel Hugo, que hoy es uno de los abogados querellantes; Hernán, director de la revista El Sur y Carolina. A su vez, el padre del fusilado, Hugo Vaca Narvaja, ex ministro del Interior de Frondizi, había sido secuestrado un par de semanas antes de la detención del hijo.
Lo decapitaron y (no está probado) su cabeza habria aparecido tirada en una bolsa de naylon . Luego de todo esto, la familia debió exiliarse en México.
Los fusiladores devolvieron a De Breuil a la UP1, donde contó lo sucedido. Entre los presos estaba Jorge, otro de sus hermanos. “De la violenta redada que hicieron en mi casa; mi hermana se salvó de que se la llevaran gracias a mi madre: es que ella tiraba de un brazo y uno de los militares del otro hasta que otro le dijo: “Má sí, dejále la chinita”. En el colegio y aprendimos a vivir en otro país desde cero.
-Eran muchos. ¿En el resto de la familia hubo alguien que se deprimió, que se paralizó de miedo?
- No había margen. Todo fue tan repentino y tremendo. La desaparición de mi abuelo, mi papá que estaba preso. Nosotros nos fuimos con la esperanza de volver a verlo. Y nunca más supimos nada de él hasta el infame comunicado del Tercer Cuerpo donde se hablaba de que lo habían matado porque se había querido fugar. No tuvimos más contacto con él. Ni nosotros ni la familia que quedó en la Argentina. No teníamos margen para nada. Por supuesto que hay núcleos familiares que la pasaron mejor que otros. Algunos pudimos integrarnos a Méjico más que otros que no se integraron nunca. Para nosotros, por suerte, la solidaridad y el hecho de ser tan chiquitos nos permitió crecer casi como mejicanos. Te diría que nos costó más la vuelta a la Argentina que el exilio en Méjico.
-¿Todos juntos?
-Hubo una integrante de la familia, una historia muy triste, que se quedó en el país, se casó con un pro militar, renunció a su historia, a su familia y hasta llegó a decir que mi abuelo no sólo no estaba desaparecido sino que seguramente estaba en Europa como decían los militares. Esa historia fue muy dura. Mi abuela, hasta el día de hoy, no la volvió a ver. Hubo un acercamiento con sus nietos, pero esta persona se autoexcluyó y quedó al margen de su familia.
-Escuchar todo lo que se dice en el juicio debe generar muchos sentimientos encontrados.
-Siento una gran impotencia. Porque cuando me imagino a mi viejo lo veo muy desesperado, muy solo, pero al mismo tiempo decís qué grande, qué dignidad. Es más, ni siquiera se merecía a estos verdugos porque no estaban a su altura. Estos tipos no tienen ni siquiera las condiciones básicas para quitarle la vida a nadie, menos a mi viejo. Son incultos, brutos, soberbios, no tienen ni una pizca de arrepentimiento, hablan como si todavía tuvieran todo el poder, son animales.
Lo que a mi me puso contento es que fueron acompañados por familiares, algunos muy jóvenes. Seguramente estos chicos van a escuchar por primera vez lo que realmente hicieron. Hay pruebas, hay testigos, y creo que por algo dejaron de ir muchos de esos familiares y ya no se los ve. Todo lo que se escucha es difícil de procesar, porque no es sólo bronca, odio e impotencia, es la tragedia que vivió este país representada en esta sala, en este juicio, en estos animales dispuestos a hacer cualquier cosa y no reconocer ni arrepentirse de nada. Se ve la dignidad de los sobrevivientes que en aquel entonces tenían veinte, treinta años, que después de todo lo que pasaron hablan sin odio ni ánimo de venganza sino de justicia.
-De todo lo que se escuchó en el juicio cómo se va armando lo que le pasó a su papá?
-No he ido a todas las audiencias pero he ido reconstruyendo entre lo que escuché, lo que sabía de antes y lo que me cuentan mis hermanos. Mi papá estuvo preso antes del golpe, yo me acuerdo porque lo íbamos a visitar y ahí me regaló la guitarrita que le he mostrado alguna vez. Estaba muy desesperado, después de que secuestran a su padre, para que nos salvaran a nosotros. Yo sé que él sintió un gran alivio cuando supo –no sé cómo- que ya no estábamos en el país. Pero nosotros, a partir del golpe, no tuvimos más noticias de él y creo que él tampoco de nosotros porque estaban incomunicados.
Después del golpe toman el poder los militares y la cárcel, la Unidad Penitenciaria Nº 1, se convierte en un campo de concentración, y comienza la historia que conocemos todos. Las torturas, los golpes, los fusilamientos, el estaqueamiento en pleno invierno, el asesinato de Paco Bauducco con un tiro en la nuca después de haber sido golpeado salvajemente. Aunque ellos no podían mirar alguna mirada furtiva les ha permitido reconocer y reconstruir muchas de las cosas que pasaban, quiénes estaban a cargo.
Mi viejo estaba tan desesperado que sin ser creyente pidió ayuda religiosa. El cura que le mandaron, el Capellán del Tercer Cuerpo del Ejército, le dijo que muriera en paz. Sin proceso, sin estar condenado. Un preso contó que otro cura les había dicho a los militares que podían torturar a los presos durante cuatro horas porque después ya no daban más información porque el cuerpo no aguantaba.
-Cuánta historia sale a luz en este juicio.
-juicio5-colorLo que este juicio está demostrando es la perversidad de la sociedad cordobesa, de los políticos de la sociedad cordobesa, de los jueces, de la iglesia, que los dejaron absolutamente solos en una cárcel convertida en un campo de concentración. De esto se tienen que hacer cargos todos, no solamente los 31 acusados que están sentados en el juicio. De esto se tiene que hacer cargo Angeloz, Primatesta, los jueces que están siendo nombrados recurrentemente en el proceso y toda la gente que estaba en el Poder Judicial que debió amparar a todos los presos que estaban a merced de estos animales.
- ¿Qué dijo el testigo que se salvó del fusilamiento en que fue asesinado su padre?
-En casi todos estos casos hay muchas pruebas por eso da bronca que haya pasado tanto tiempo. Pero en el caso de mi viejo hay dos pruebas fundamentales. El director de la cárcel, tal vez para cubrirse y quizás para denunciar algo que en su momento no podía denunciar, en un gesto de humanidad, obligaba a los militares a firmar el retiro de presos al momento de retirarlos para el supuesto traslado, sabiendo que era un fusilamiento. Este recibo existe y está firmado por el aquel entonces teniente Osvaldo Quiroga, quien hoy está sentado entre los treinta y uno. Cuando se llevan a mi viejo se llevan a tres más, a los hermanos Alfredo y Gustavo de Breuil y al arquitecto Higinio Toranzo. Uno de ellos contó que los llevaron maniatados, estaban súper débiles por las torturas recibidas, y el parte oficial del Tercer Cuerpo del Ejército dijo que habían sido abatidos en un intento de fuga. Era imposible que eso pudiera pasar. Está probado que los fusilaron a sangre fría. Uno de los De Buril se salvó porque tiraron la moneda para ver si lo mataban a él o a su hermano. Al sobreviviente, en un acto de soberbia y amedrentamiento, le dijeron que mirara y que fuese a contar a la cárcel lo que había visto. Imagino que los asesinos creían que en el próximo traslado de Breuil iba a ser víctima, no fue así. El testimonio de de Breuil más el recibo de la cárcel reconstruye toda la historia. No se sabe todavía quién fue el que disparó. Quiroga va a ser condenado pero también en ese grupo estaba el Capitán Barreiro, quien era uno de los represores más conocidos y que tenía particular saña con mi papá.
-Ustedes se imaginaban que iba a llegar el tiempo del juicio.
-La verdad es que después del indulto, la ley de punto final, uno no imaginaba esto pero nunca se resignó a vivir con la impunidad. No se puede convivir con la impunidad porque termina perjudicándote psicológicamente a vos y a toda la sociedad. Creía que en algún momento iba a cambiar el contexto político y finalmente se iban a poder terminar con la impunidad. Así fue. Hay que reconocer que el gobierno de los Kirchner cambió el contexto político y permitió que esto, que había terminado en un verdadero absurdo que era el juicio a la verdad, es decir llegar a la verdad y no poder condenar, siguiera, no se dejó de trabajar, las pruebas se fueron acumulando y el cambio de contexto la Argentina está dando un ejemplo al mundo revisando su pasado, con todas las garantías que ellos no le dieron a las víctimas que asesinaron.
- No cree que la sociedad en general toma el tema con mucha indiferencia?
-Han pasado muchos años. El dolor más VIENE DE PAGINA 7
intenso lo tenemos los familiares directos. Pero este juicio ha tenido mucha trascendencia mediática, porque más allá de los crímenes en sí, está mostrando lo peor de la sociedad cordobesa de aquella época. Muchos de los que estaban en aquel entonces, que a lo mejor eran pinches o secretarios, hoy están en la cúspide del Poder Judicial, siguen perteneciendo a la Iglesia o son dirigentes políticos que siguen vigentes, como el caso de Eduardo Angeloz. Uno de los presos dijo que el ex gobernador se reunía con Menéndez y Primatesta y sin embargo dice haciendo declaraciones como si nada hubiese pasado. Me parece que este juicio es un espejo muy cruel donde la sociedad cordobesa está obligada a mirarse, y esto también rescata la hidalguía y la fortaleza de las víctimas y de los sobrevivientes. Cuando uno escucha sus relatos y ve la entereza que tienen, y escucha la soberbia y la bravuconada de los criminales, ese contraste es muy fuerte.
-¿No fue un guerra?
-No. Esta clarísimo que eran personas absolutamente indefensas, no tenían amparo judicial, estaban a disposición del Poder Ejecutivo, estaban presos, incomunicados, muertos de hambre, tenían que hacer sus necesidades en latas. Uno de los testigos lo dijo, lo que se vivía ahí era infrahumano, no hay nada que justifique el nivel de ensañamiento que se tuvo con esos presos políticos. Fue un plan de exterminio.
-¿Tuvieron éxito?
- En parte sí porque destruyeron el país que teníamos y a una generación. Pero creo que por lo menos ahora se está escribiendo la verdadera historia y ellos no van a quedar como héroes. Tuvieron éxito en la práctica, fue un plan criminal en toda América Latina con el aval de Norteamérica, y ahora nos toca a nosotros reconstruir la memoria y tratar de hacer un país mejor, con justicia y con verdad.
-Durante todos estos años ¿cómo vivía el recuerdo de su padre, le daba vuelta por la mente toda esta tragedia?
-HERNEN-3-COLORNo. Yo sabía que lo habían fusilado, que había estado preso y que lo habían golpeado mucho. Pero la verdad es que el nivel de perversidad que uno escucha en estos testimonios no lo imagine nunca. Y el nivel de dignidad que tuvo mi viejo, que siempre pensé que fue así, lo enaltece a él y ensombrece a los otros. Mi viejo estuvo en el séptimo círculo del infierno. Ahora lo sé por testimonios directos. Siento mucha pena y mucho dolor, pero también mucho orgullo porque hasta último momento discutió con los militares cuando le decían que su padre era un ladrón. La peleó hasta el último. Y cuando se lo llevaron él sabía que lo iban a matar y murió con dignidad, a diferencia de estos crápulas que ni siquiera son capaces de reconocer las atrocidades que cometieron. No le digo que estoy en paz y que voy a estar en paz cuando los condenen, pero sirve para escribir la historia.
-Cuando alguien mira de afuera la situación, se pregunta si no le da ganas de actuar con violencia contra el asesino de su padre, que hoy lo puede ver y escuchar en el juicio.
-Pensé mucho en el zapatazo que le tiró el iraquí a Bush. Lo tuve a tiro del zapatazo a Quiroga y a los otros, pero …es muy humillante toda esta historia porque sigue habiendo privilegios. Ellos no solamente tienen las garantías que no tuvieron mi padre ni el resto de las víctimas, sino que además, por ejemplo, Alsina está en libertad bajo fianza pagando diez mil pesos y yo tengo embargada mi casa por trescientos mil porque los Macarrón dicen que se sintieron ofendidos por mi libro. A mi me sirve mucho reconstruir esto y creo que a la sociedad también, porque pone a cada uno en su justo lugar y no por nada, está tan cuestionada la justicia de aquel entonces y la de ahora. El Poder Judicial no está siendo ecuánime por lo menos en el trato que nos dispensa a los familiares de los asesinos y a los familiares de las víctimas.
-¿Qué es lo que más lo impresiona del juicio?
-A mi me encanta cuando se abre la sala y dejan entrar a los fotógrafos. Es virtualmente un pelotón de fusilamiento que les roba el alma. Lo fusilan con las máquinas y quedan inmortalizados por lo que son, asesinos.
-¿Es feliz a pesar de todo esta historia que lleva en su mochila?
-Sí, soy feliz. Soy feliz con mis hijos. Además sería muy egoísta si pensara en mí y no en todo lo que le pasó a mi papá. Me pone triste pensar en lo que él vivió, en lo que fueron capaz de hacer estos criminales, pero trato de salir adelante. O por lo menos eso creo.

Los torturadores

Afuera hace frío y está nublado.
-Mamá, está frío, deja que la Paloma entre.
La Paloma es la perra callejera adoptada en casa. Y el interlocutor es Gabriel, de 15 años que insiste en que el animal entre a pesar de que va a ensuciar el piso de la cocina recién pasado.
Querer proteger a Paloma del frío es un sentimiento de compasión que se toma como natural, propio del ser humano.

Después de escuchar, una vez más, los relatos de las víctimas de la represión, el corazón se me estruja.
Pienso en el hombre que tiró la moneda para decidir cuál de los dos hermanos de Breuil iba a sobrevivir al fusilamiento para que lo pudiese contar a sus compañeros de prisión.
Pienso en que molió a golpes a Bauducco y después le pegó un tiro en la nuca porque no se podía levantar cuando él se lo ordenaba.
Pienso en los que ponían una picana en la vagina de una adolescente; en los que sacaban a los presos de la celda para apalearlos, en los que molían testículos a patadas.
Pienso en lo que pensarían los represores cuando, ya no ante un cuerpo inerte y sin vida sino en la previa, escuchaban el grito espeluznante de dolor, la súplica o el llanto de sus víctimas.
Pienso en lo que habrá sentido el tipo que magulló la carne, el que se limpió la sangre de las manos, el que olió el sudor y la mugre del preso y vio el terror en sus miradas.
Pienso en lo que habrán sentido al ver los rostros destrozados de esas madres que veían cómo se llevaban a sus hijos, cuando se robaban sus televisores y pisoteaban sus cosas.
Qué sentirá el que pega una patada a una persona que no conoce y que está indefensa, atada de pies y manos, tirada en el piso.

Hoy no pienso en las responsabilidades compartidas de los exterminios. En el que decide tirar un misil sin pensar en el daño “colateral”, en el que firma un decreto avalando el exterminio, en el que pone una bomba en una embajada. También son asesinos. Pero no se enfrentan cara a cara con la víctima. Es anónima. No tiene rostro, ni voz, ni mirada. Tira al bulto.
Matar está mal en cualquier circunstancia. Pero hay distintas formas de matar. No es lo mismo matar a alguien en un enfrentamiento armado en el medio de la selva tucumana, que matar a una adolescente mientras está tirada, torturada, quebrada, magullada y sangrante en una celda inmunda y a la merced de cualquiera.
Hoy pienso en los que sirvieron de mano de obra. Los que disponían atar a un chico en el patio del penal en una madrugada helada, desnudo, apoyado en piedras y de vez en cuando tirarle un balde de agua fría para que sufriera un poquito más.
Pienso en el depredador. En el que provocaba el dolor en el otro hasta el desmayo o la muerte.
Pienso en los torturadores. Esos que a lo mejor caminan tranquilos por la peatonal de Córdoba o hacen la cola en el súper. Dicen algunos estudios sobre el tema que los torturadores actúan pensando en la deshumanización del enemigo, la habituación a la crueldad, la obediencia automática, la oferta de impunidad y la oferta de poder. Estos seres se caracterizan por la insensibilidad emocional, la rigidez autoritaria, la incapacidad para la identificación, las conductas prepotentes, exhibicionistas o psicopáticas. Dividen a la gente en buena o mala y, obviamente, ellos se colocan del lado de los buenos. Ellos siembran dolor físico, humillación y miedo.

Sin duda, para matar a alguien que está completamente desamparado e indefenso, el represor está inhabilitado para ver a ese otro como persona, como semejante, como ser humano. El otro no vale nada, no es nadie y por eso puede hacer un chiste, comer, programar una salida o escuchar música sin que el remordimiento lo perturbe y mientras el otro se orina de miedo en una cama de tortura. Estos personajes se pueden excitar al ver pechos femeninos magullados y genitales quemados.
El juicio que se está llevando a cabo en Córdoba contra 31 represores muestra lo peor de la sociedad argentina. Los que firmaron, los que programaron, los que fueron cómplices, los que callaron, los que torturaron. Y cuando se escuchan los relatos de las víctimas los corazones se estrujan. ¡Malas personas! Hombres discapacitados para sentir compasión por el otro, pensada ésta no como lástima, sino como emoción que brota cuando se ve a alguien sufrir y surge el sentimiento espontáneo de querer aliviar su padecimiento.
Ojalá todo lo que se descubrió sirva para construir una sociedad mejor. Ellos no van a cambiar ni a hacer una autocrítica por lo que hicieron. Ya tienen el alma manchada por la sangre que derramaron. Pero el resto de la sociedad, esos que pueden pensar que afuera está frío y que la perra debería estar adentro, sí lo pueden hacer.

Los que van

hernen-2-colorSon varios los integrantes de la familia Vaca Narvaja que asisten al juicio. La mamá de Hernán, Raquel, su hermana Carolina y su hermano Miguel Hugo. También va su tío Gustavo, uno de los hermanos más cercanos a su padre. La abuela de Hernán, Susana Yofré, esposa y madre de las víctimas, tiene 93 años, y aunque está lúcida y con algunos achaques propios de la edad no va a la sala pero espera justicia. “esta con fuerzas y va a vivir para ver a los asesinos de su hijo y de su esposo condenados”.
El que no ha ido porque esta radicado en el sur es Fernando Vaca Narvaja, el líder montonero. “Supongo que esta viviendo todo con mucho dolor, tanto por su padre como por su hermano”, dijo Hernán, “en ese sentido no hay reproches en la familia porque mi abuelo avaló los caminos que cada uno de sus hijos tomó. Pero él no es responsable de nada”.

Silencio en la sala

El hermano de Hernán, es abogado querellante en la causa. Cumpliendo con la tradición familiar se llama Miguel Hugo Vaca Narvaja, como su abuelo (desaparecido) y como su padre (fusilado).
Cuando el juez le da la palabra al doctor Miguel Hugo Vaca Narvaja se hace un silencio tenso y los acusados lo miran como diciendo “este se nos pasó”. Para Hernán, “somos varios los que hemos quedado para recordarles que no pudieron con todos”.

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